¿Quien te da el consejo y por qué?
Cuando alguien te da un consejo, lo primero que debes hacer es ignorarlo. Antes de aceptar nada, se necesita saber con qué finalidad y cómo ha alcanzado esa conclusión. No importa quién es el mensajero, porque para valorar la utilidad de algo es necesario eliminar elementos subjetivos. Hay muchas amadas y buenas personas dando consejos fatales, y las hay odiosas y viles dando buenos consejos; por lo tanto, quién nos da el consejo, poco —o nada— aporta.
Pero, sobre todo, merece la pena escuchar el silencio. Conoce lo que no te dicen. Porque muchas veces, ahí reside la realidad de las cosas. Hay quien dirá que prefiere alquilar a comprar, pero no te dice que ha heredado tres casas. Hay quien te dirá que no hay que hablar con la prensa, y lo hace porque tiene pánico a la exposición pública. Hay quien te dirá que ser competitivo y arrasar es lo mejor, porque sabe vivir con ello. Hay quien te dirá que la sanidad pública es la mejor del mundo, pero tiene un seguro privado.
Además, la finalidad con la que se transmite una conclusión vital, un consejo, puede ser múltiple: se puede dar para modificar un estado de ánimo, para alimentar el ego, para satisfacer una obligación mesiánica, para demostrar su valor, para alcanzar un objetivo de interés personal o por simple ignorancia. Y esto es importante, porque conocer esta información te permite reflexionar sobre el consejo con cierta distancia y asumir sus posibles consecuencias.
En cuanto a saber cómo se ha alcanzado esa conclusión transformada en consejo, pues es algo que obedece a la razón y la lógica. De igual manera que de nada sirve conocer solo el resultado de un problema matemático sin conocer el desarrollo del problema hasta alcanzar la solución, ninguna utilidad tiene alumbrar una conclusión vital sin mayor explicación, es como conocer el fallo de una sentencia sin conocer la motivación.
En una forma más abstracta, las personas representan el conjunto de soluciones que han ido aplicando a sus problemas, o si han ido ignorando estos, o si siguen lidiando con ellos. Y no, no hay una única solución; porque, aunque sea algo evidente, cada acción u omisión produce una consecuencia diferente. Y esto significa que las decisiones que ha tomado esa persona, y las acciones que las han seguido, le han llevado a alcanzar esa conclusión, pero eso puede no ser válido para nadie más que para esa persona.
Ahora, se habla de marketing como lo más importante para ser abogado. Se habla de la proyección hacia el exterior. Se menciona la hoja de encargo o cobrar como lo primero que debes hacer antes de actuar, pero no se encuentra en el primer lugar de las recomendaciones. Todo carece de sentido y son ideas efímeras, irreflexivas; son flores y pólvora.
Pero, sobre todo, merece la pena escuchar el silencio. Conoce lo que no te dicen. Porque muchas veces, ahí reside la realidad de las cosas. Hay quien dirá que prefiere alquilar a comprar, pero no te dice que ha heredado tres casas. Hay quien te dirá que no hay que hablar con la prensa, y lo hace porque tiene pánico a la exposición pública. Hay quien te dirá que ser competitivo y arrasar es lo mejor, porque sabe vivir con ello. Hay quien te dirá que la sanidad pública es la mejor del mundo, pero tiene un seguro privado.
Además, la finalidad con la que se transmite una conclusión vital, un consejo, puede ser múltiple: se puede dar para modificar un estado de ánimo, para alimentar el ego, para satisfacer una obligación mesiánica, para demostrar su valor, para alcanzar un objetivo de interés personal o por simple ignorancia. Y esto es importante, porque conocer esta información te permite reflexionar sobre el consejo con cierta distancia y asumir sus posibles consecuencias.
En cuanto a saber cómo se ha alcanzado esa conclusión transformada en consejo, pues es algo que obedece a la razón y la lógica. De igual manera que de nada sirve conocer solo el resultado de un problema matemático sin conocer el desarrollo del problema hasta alcanzar la solución, ninguna utilidad tiene alumbrar una conclusión vital sin mayor explicación, es como conocer el fallo de una sentencia sin conocer la motivación.
En una forma más abstracta, las personas representan el conjunto de soluciones que han ido aplicando a sus problemas, o si han ido ignorando estos, o si siguen lidiando con ellos. Y no, no hay una única solución; porque, aunque sea algo evidente, cada acción u omisión produce una consecuencia diferente. Y esto significa que las decisiones que ha tomado esa persona, y las acciones que las han seguido, le han llevado a alcanzar esa conclusión, pero eso puede no ser válido para nadie más que para esa persona.
Ahora, se habla de marketing como lo más importante para ser abogado. Se habla de la proyección hacia el exterior. Se menciona la hoja de encargo o cobrar como lo primero que debes hacer antes de actuar, pero no se encuentra en el primer lugar de las recomendaciones. Todo carece de sentido y son ideas efímeras, irreflexivas; son flores y pólvora.
La visión del despacho: mito o estrategia de venta.
Te piden que establezcas una visión y/o misión de un proyecto que acabas de empezar. Y parece que se ignora que eso es como pedir a un niño que te diga qué quiere ser de mayor y que lo sea ya. Es ridículo. Sí, lo siento. Bueno, la verdad es que no lo siento: es una estupidez. ¿Nadie recuerda lo que pensaba con 10, 18, 23, 35 o 78 años? Esa confusión que nos sigue y persigue durante toda la vida, porque aún ni siquiera sabes si el 56% del pronóstico del tiempo es la probabilidad de lluvia o las partes de la ciudad en las que lloverá. ¿Será en tu barrio? ¿Será a las afueras?
No, una visión de la nada solo es un sueño, una ilusión, es decir, la mayor prueba de la fatua ignorancia. La única guía, la única tranquilidad, es ser consciente de lo que haces, sea bueno o malo, saludable o perjudicial. Pero eso, al menos, te permite saber y conocer tu realidad; ser libre. No te preocupes por esa visión de sushi sobre el capó de un Bentley. Sorpresa: no existe. La visión no existe, solo es un camino realizado sin ciencia cierta de su destino que, al cabo de los años, debido a su éxito, se explica en tono epifánico para ahondar y profundizar en una imagen de profecía y adivinador que solo sirve para seguir alimentando su cuenta bancaria y a tu costa.
La venta y la captación, la gestión de los medios del despacho, todo parece dicho siempre con un tono económico que más parece ofrecerse como una penitencia de los pecados propios que una auténtica muestra de generosidad del conocimiento para la ayuda de quienes decidan iniciarse en esta profesión. Más parece que quieren que fracases a que triunfes.
No, una visión de la nada solo es un sueño, una ilusión, es decir, la mayor prueba de la fatua ignorancia. La única guía, la única tranquilidad, es ser consciente de lo que haces, sea bueno o malo, saludable o perjudicial. Pero eso, al menos, te permite saber y conocer tu realidad; ser libre. No te preocupes por esa visión de sushi sobre el capó de un Bentley. Sorpresa: no existe. La visión no existe, solo es un camino realizado sin ciencia cierta de su destino que, al cabo de los años, debido a su éxito, se explica en tono epifánico para ahondar y profundizar en una imagen de profecía y adivinador que solo sirve para seguir alimentando su cuenta bancaria y a tu costa.
La venta y la captación, la gestión de los medios del despacho, todo parece dicho siempre con un tono económico que más parece ofrecerse como una penitencia de los pecados propios que una auténtica muestra de generosidad del conocimiento para la ayuda de quienes decidan iniciarse en esta profesión. Más parece que quieren que fracases a que triunfes.
Marketing jurídico: gana, vende, gasta, repite.
Todo parece que se resume en: gana y gasta. Gana dinero, vende asuntos, vende tus habilidades, vende tu valor, vende tu imagen, vende tu marca, vende tu intimidad, haz lo que sea y vende lo que sea. ¿Y para qué? ¡Pues para gastar! Gasta en Google, gasta en un CRM, gasta en un coach, gasta en un ordenador, gasta tiempo en hacer artículos SEO. Gasta, gasta y gasta. ¿Y para qué? Pues para que se lo compres a ellos o para que tengas tantos ingresos y gastos en los que pensar que te olvides de hacer lo único que importa: conocer la práctica del Derecho. Porque ese es el lugar en el saben que es seguro que les puedas ganar.
Mira, yo no soy ningún ratón de biblioteca, yo soy un gran ignorante del Derecho. No es humildad, es realidad. No tengo ni idea de la mayoría de los conceptos, leyes o realidades jurídicas. Tengo la facilidad de entender el sistema en su conjunto en base a sus principios y entiendo la lógica de todo ello y cómo debería operar en base a ese sentido que yo entiendo, y lo aplico, y parece que los problemas se resuelven dentro de esa lógica. Pero si tú quieres ser esa rata de biblioteca porque es lo que quieres, hazlo. ¡Para mí será realmente útil trabajar con alguien como tú! Más sincero no puedo ser.
No estoy a favor ni en contra de ser un tipo concreto de abogado, esa es una cuestión que cada uno determina con el tiempo. Yo no juzgo a nadie porque ese no es mi trabajo. Pero no me gusta cuando aparecen no sé cuántos abogados diciendo que tienes que ser de una determinada manera. ¿Con qué autoridad nos erigimos en post de una verdad, de una visión propia e idealizada de cómo debe ser un abogado? Lo diré en el idioma coach por excelencia: “Let it be” o “Be water, my friend”. Que corra el agua.
Abogados los hay cientos, en España miles, en realidad. Y si alguien quiere que todos sean de una determinada manera, será porque les interesa que sean así. No ha existido un análisis profundo de la profesión: “los viejos” cobraban honorarios fijados, “los de ahora” fueron enseñados por los anteriores y sufrieron el desengaño de la libre competencia, a “los nuevos” se les lanza en pos de esa feroz y despiadada competitividad sin reflexionar si esa es la conclusión más adecuada como resultado de las diferentes realidades que conforman esta profesión.
Para mí, bastaría con que un abogado supiera de Derecho, o al menos, que supiera aplicarlo. Que eso no sea el hilo esencial de un consejo a quien quiere ejercer el Derecho es un despropósito del que nadie parece darse cuenta en esta rueda de la fortuna a la que se mira sin parar, tirada tras tirada, esperando que llegue la casilla que definitivamente nos haga ricos y libres; como hámsters en la arena.
El mayor valor y mi única finalidad cuando me contrata un cliente es solucionarle el problema legal que tiene ante sí mismo, y que no entiende de una o cinco estrellas, porque no se trata de ser una reseña: se trata de sacarle lo mejor posible de donde está. Nadie iría a un médico porque vende bien, para que luego te ponga una pierna donde debe ir la oreja o, peor, que te mate. Es simplemente ridículo. Y lo mismo con el Derecho. Si no sabes Derecho y solo sabes vender, pues abre una empresa de intermediación de servicios jurídicos y vive de ello. Pero al resto, déjanos tranquilos, si es posible.
Es decir: no pasa nada por tener vocación. No pasa nada por querer ser abogado. No pasa nada por no querer tener una cuenta en redes sociales. No pasa nada por tenerla. No pasa nada por no tener logo, ni lema, ni tarjeta de visita, ni canal de YouTube. Lo importante es saber qué haces, por qué lo haces, y si eso que haces le sirve a alguien. Eso sí, te va a costar, y mucho. Pero eso ya lo sabías.
Si no te gusta algo, no sirves para eso. Que algo te guste ha facilitado todo. Más engaños. No se trata de que te guste, ni de que adores tu trabajo. Es suficiente con que lo respetes. De nuevo, vive tu propio camino y toma tus propias decisiones, ignora todo lo que te han contado, incluido esto, y piensa. Nunca he querido ser abogado, no me gusta la mayor parte del trabajo, me gusta escribir y me gusta defender la libertad de los demás porque lo he transformado en una defensa de la mía. Y genera frustraciones, conflictos internos y externos, constantes conflictos, requiere grandes esfuerzos, la mentira acecha, las malas intenciones te absorben, estas solo, ni agradecido ni pagado. Pero considero que es importante que lo haga y, mientras lo haga, lo hago con el máximo respeto, es decir, con esfuerzo y dedicación; no hay más, todo lo demás son brillos y espejos.
Es grave, esta realidad en la que observas a buenos profesionales que se han perdido en una ensoñación fácil, placentera y autocomplaciente. He conocido muchos tipos de abogados en mi corta y estrecha vida, y mi idiotez siempre me hace sorprenderme cuando descubro personas de todo tipo a los que les va muy bien, pero que muy bien. Los hay de todo tipo, sin importar color, altura, hermosura, sexo, religión, cultura, clase, condición o si son buenas o malas personas -por cierto, vaya genialidad eso de que solo las buenas personas triunfan-. Pero, al final, lo que todos tienen en común es una cosa: son buenos en su trabajo. Saben de su trabajo, lo ejecutan con acierto y obtienen buenos resultados. La mayoría no tienen web, trabajan sin descanso, no saben lo que es salud mental porque su mente ya no les pertenece, y cumplen todos los plazos sin excusas. Esa es la realidad. ¿Quieres ser el mejor abogado? Trabaja más y mejor que cualquier otro. Conoce y crea más y mejor conocimiento que los demás.
Yo he tenido la suerte de poder trabajar en muchos asuntos, y muy interesantes. He trabajado esa suerte. Y tener acceso a asuntos tan raros y curiosos, dedicarles horas —hasta en la ducha— y pensar constantemente en la mejor solución para ese concreto problema, buscando respuestas en lo que se puede saber, es lo que me ha hecho el abogado decente que soy. Insisto: no es falsa modestia, es la realidad. Yo he llegado aquí en parte por la suerte, porque estoy convencido de que hay muchos abogados mejores que yo que, con las mismas oportunidades, me habrían superado hace mucho. Y espero que lo hagan.
Insisten en abogar por la especialización, pero eso obvia que en determinados lugares (ciudades pequeñas, provincias) no es posible por la cantidad de clientes. No es una idea romántica del antiguo abogado generalista. No, es la realidad. Hay en ciudades donde la especialización es imposible. Y, cuidado, quizás esa invitación a la especialización sea más una oferta de empleo para integrarte en la línea de fábrica. Valóralo.
¿Los abogados? ¿Tus compañeros de profesión? ¿Tus colegas de especialidad? Te van a desangrar, amigo mío. Van a robarte cada cliente, van a usar en tu contra cada una de tus palabras, de tus errores y de tus debilidades. No van a ser compasivos: sus hijos también tienen que comer.
No es competencia, es canibalismo. Te van a tratar con complacencia para que lo confundas con empatía. Te van a adular si lo que quieren es que te relajes y cometas errores. Te van a provocar si quieren que camines primero por el campo de minas. No, no te fíes del consejo de nadie. Escúchalo y aprende, pero aprende de cómo son ellos y no de quién debes ser tú.
Por eso, del networking y la colaboración con abogados, diré que es algo que se adquiere con el tiempo. Si no sabes identificar aún lo que es un buen abogado o un buen compañero, no puedes confiar en otros. Desengáñate. Sé restrictivo y exquisito en la elección, porque tu palabra te representa. Y, créeme, es muy difícil encontrar un abogado con el que congeniar, en el que poder confiar y con quien sentirte cómodo, de hecho, es altamente improbable que lo llegues a conocer.
En cuanto a la venta y la visión comercial, es mi opinión que la venta solo es el primer paso de la venta. Porque hasta que no terminas el asunto y has encontrado la mejor solución al problema, nada termina. Y saber engañar a alguien para que compre tu producto no sirve de nada si no tienes nada que ofrecer después. Porque entonces no es que tengas el síndrome del impostor, es que eres un estafador. No es una venta, es un trabajo continuo lo que tienes que hacer.
Uno es víctima de su propia realidad. Es habitual que el embaucador sienta fascinación por otros embaucadores o sea fácilmente embaucado, cuando lo previsible sería lo contrario. Que goce de cierto criterio crítico. Pero, lo he visto, uno termina creyendo su propia farsa y vive en ella, ajeno a la realidad. Se aliena de sí mismo. En vez de convertirse en un experto, se convierte en un consumidor de su propio producto. Y termina engañado.
¿Pero, vender? ¿Vender qué? Resulta que ahora, para ejercer de abogado, lo más importante es vender. ¿Y por qué quien lo dice no estudió marketing? ¿Por qué en sus despachos, en las ofertas de empleo, no te requieren haber hecho un máster en marketing en vez de haber estudiado Derecho para ejercer la abogacía? ¿Por qué en los mejores despachos exigen entonces ser de los alumnos con más nota en tu carrera? ¿Por qué lo piden si lo que importa es vender? Hay mucha competencia que eliminar: tú dedícate a vender que yo me dedicaré a trabajar. No, no eres un vendedor. Eres abogado. No sé lo que es eso de ser abogado, ni creo que nunca llegue a entenderlo, pero sea lo que sea, lo que es seguro es que ser abogado pasa por saber de Derecho y aplicarlo. Un teórico del Derecho no tiene por qué saber aplicarlo, pero un abogado, que vive en el foro, que se desgañita ahí cada día, sí que debe saber Derecho y aplicarlo.
No te dejes deslumbrar por tu propia ilusión. Es lo más banal a lo que puedas aspirar. Olvídate del ponente de una sentencia, olvida cualquier llamamiento a la ilustración, mira al suelo, mira arriba y camina mirando a todas partes porque te quieren atropellar. ¿Quieres ser abogado de verdad? Piensa como tú, habla como tú y actúa como tú. Porque ser crítico con todo, aun con lo que más admiras, te permite tener un conocimiento real de lo que te rodea; es decir, un punto de vista propio y original. Esto no significa que relucirás en la noche como el uranio o que todos te besarán como el anular de oro. Posiblemente sea todo lo contrario: tus zapatos se llenen de barro, estarás solo, nadie te escuchará y no darán un duro por ti. Y, aun así, puedes estar a gusto contigo mismo. Lo de ser feliz, mejor lo dejamos para otro día.
Mira, yo no soy ningún ratón de biblioteca, yo soy un gran ignorante del Derecho. No es humildad, es realidad. No tengo ni idea de la mayoría de los conceptos, leyes o realidades jurídicas. Tengo la facilidad de entender el sistema en su conjunto en base a sus principios y entiendo la lógica de todo ello y cómo debería operar en base a ese sentido que yo entiendo, y lo aplico, y parece que los problemas se resuelven dentro de esa lógica. Pero si tú quieres ser esa rata de biblioteca porque es lo que quieres, hazlo. ¡Para mí será realmente útil trabajar con alguien como tú! Más sincero no puedo ser.
No estoy a favor ni en contra de ser un tipo concreto de abogado, esa es una cuestión que cada uno determina con el tiempo. Yo no juzgo a nadie porque ese no es mi trabajo. Pero no me gusta cuando aparecen no sé cuántos abogados diciendo que tienes que ser de una determinada manera. ¿Con qué autoridad nos erigimos en post de una verdad, de una visión propia e idealizada de cómo debe ser un abogado? Lo diré en el idioma coach por excelencia: “Let it be” o “Be water, my friend”. Que corra el agua.
Abogados los hay cientos, en España miles, en realidad. Y si alguien quiere que todos sean de una determinada manera, será porque les interesa que sean así. No ha existido un análisis profundo de la profesión: “los viejos” cobraban honorarios fijados, “los de ahora” fueron enseñados por los anteriores y sufrieron el desengaño de la libre competencia, a “los nuevos” se les lanza en pos de esa feroz y despiadada competitividad sin reflexionar si esa es la conclusión más adecuada como resultado de las diferentes realidades que conforman esta profesión.
Para mí, bastaría con que un abogado supiera de Derecho, o al menos, que supiera aplicarlo. Que eso no sea el hilo esencial de un consejo a quien quiere ejercer el Derecho es un despropósito del que nadie parece darse cuenta en esta rueda de la fortuna a la que se mira sin parar, tirada tras tirada, esperando que llegue la casilla que definitivamente nos haga ricos y libres; como hámsters en la arena.
El mayor valor y mi única finalidad cuando me contrata un cliente es solucionarle el problema legal que tiene ante sí mismo, y que no entiende de una o cinco estrellas, porque no se trata de ser una reseña: se trata de sacarle lo mejor posible de donde está. Nadie iría a un médico porque vende bien, para que luego te ponga una pierna donde debe ir la oreja o, peor, que te mate. Es simplemente ridículo. Y lo mismo con el Derecho. Si no sabes Derecho y solo sabes vender, pues abre una empresa de intermediación de servicios jurídicos y vive de ello. Pero al resto, déjanos tranquilos, si es posible.
Es decir: no pasa nada por tener vocación. No pasa nada por querer ser abogado. No pasa nada por no querer tener una cuenta en redes sociales. No pasa nada por tenerla. No pasa nada por no tener logo, ni lema, ni tarjeta de visita, ni canal de YouTube. Lo importante es saber qué haces, por qué lo haces, y si eso que haces le sirve a alguien. Eso sí, te va a costar, y mucho. Pero eso ya lo sabías.
Si no te gusta algo, no sirves para eso. Que algo te guste ha facilitado todo. Más engaños. No se trata de que te guste, ni de que adores tu trabajo. Es suficiente con que lo respetes. De nuevo, vive tu propio camino y toma tus propias decisiones, ignora todo lo que te han contado, incluido esto, y piensa. Nunca he querido ser abogado, no me gusta la mayor parte del trabajo, me gusta escribir y me gusta defender la libertad de los demás porque lo he transformado en una defensa de la mía. Y genera frustraciones, conflictos internos y externos, constantes conflictos, requiere grandes esfuerzos, la mentira acecha, las malas intenciones te absorben, estas solo, ni agradecido ni pagado. Pero considero que es importante que lo haga y, mientras lo haga, lo hago con el máximo respeto, es decir, con esfuerzo y dedicación; no hay más, todo lo demás son brillos y espejos.
Es grave, esta realidad en la que observas a buenos profesionales que se han perdido en una ensoñación fácil, placentera y autocomplaciente. He conocido muchos tipos de abogados en mi corta y estrecha vida, y mi idiotez siempre me hace sorprenderme cuando descubro personas de todo tipo a los que les va muy bien, pero que muy bien. Los hay de todo tipo, sin importar color, altura, hermosura, sexo, religión, cultura, clase, condición o si son buenas o malas personas -por cierto, vaya genialidad eso de que solo las buenas personas triunfan-. Pero, al final, lo que todos tienen en común es una cosa: son buenos en su trabajo. Saben de su trabajo, lo ejecutan con acierto y obtienen buenos resultados. La mayoría no tienen web, trabajan sin descanso, no saben lo que es salud mental porque su mente ya no les pertenece, y cumplen todos los plazos sin excusas. Esa es la realidad. ¿Quieres ser el mejor abogado? Trabaja más y mejor que cualquier otro. Conoce y crea más y mejor conocimiento que los demás.
Yo he tenido la suerte de poder trabajar en muchos asuntos, y muy interesantes. He trabajado esa suerte. Y tener acceso a asuntos tan raros y curiosos, dedicarles horas —hasta en la ducha— y pensar constantemente en la mejor solución para ese concreto problema, buscando respuestas en lo que se puede saber, es lo que me ha hecho el abogado decente que soy. Insisto: no es falsa modestia, es la realidad. Yo he llegado aquí en parte por la suerte, porque estoy convencido de que hay muchos abogados mejores que yo que, con las mismas oportunidades, me habrían superado hace mucho. Y espero que lo hagan.
Insisten en abogar por la especialización, pero eso obvia que en determinados lugares (ciudades pequeñas, provincias) no es posible por la cantidad de clientes. No es una idea romántica del antiguo abogado generalista. No, es la realidad. Hay en ciudades donde la especialización es imposible. Y, cuidado, quizás esa invitación a la especialización sea más una oferta de empleo para integrarte en la línea de fábrica. Valóralo.
¿Los abogados? ¿Tus compañeros de profesión? ¿Tus colegas de especialidad? Te van a desangrar, amigo mío. Van a robarte cada cliente, van a usar en tu contra cada una de tus palabras, de tus errores y de tus debilidades. No van a ser compasivos: sus hijos también tienen que comer.
No es competencia, es canibalismo. Te van a tratar con complacencia para que lo confundas con empatía. Te van a adular si lo que quieren es que te relajes y cometas errores. Te van a provocar si quieren que camines primero por el campo de minas. No, no te fíes del consejo de nadie. Escúchalo y aprende, pero aprende de cómo son ellos y no de quién debes ser tú.
Por eso, del networking y la colaboración con abogados, diré que es algo que se adquiere con el tiempo. Si no sabes identificar aún lo que es un buen abogado o un buen compañero, no puedes confiar en otros. Desengáñate. Sé restrictivo y exquisito en la elección, porque tu palabra te representa. Y, créeme, es muy difícil encontrar un abogado con el que congeniar, en el que poder confiar y con quien sentirte cómodo, de hecho, es altamente improbable que lo llegues a conocer.
En cuanto a la venta y la visión comercial, es mi opinión que la venta solo es el primer paso de la venta. Porque hasta que no terminas el asunto y has encontrado la mejor solución al problema, nada termina. Y saber engañar a alguien para que compre tu producto no sirve de nada si no tienes nada que ofrecer después. Porque entonces no es que tengas el síndrome del impostor, es que eres un estafador. No es una venta, es un trabajo continuo lo que tienes que hacer.
Uno es víctima de su propia realidad. Es habitual que el embaucador sienta fascinación por otros embaucadores o sea fácilmente embaucado, cuando lo previsible sería lo contrario. Que goce de cierto criterio crítico. Pero, lo he visto, uno termina creyendo su propia farsa y vive en ella, ajeno a la realidad. Se aliena de sí mismo. En vez de convertirse en un experto, se convierte en un consumidor de su propio producto. Y termina engañado.
¿Pero, vender? ¿Vender qué? Resulta que ahora, para ejercer de abogado, lo más importante es vender. ¿Y por qué quien lo dice no estudió marketing? ¿Por qué en sus despachos, en las ofertas de empleo, no te requieren haber hecho un máster en marketing en vez de haber estudiado Derecho para ejercer la abogacía? ¿Por qué en los mejores despachos exigen entonces ser de los alumnos con más nota en tu carrera? ¿Por qué lo piden si lo que importa es vender? Hay mucha competencia que eliminar: tú dedícate a vender que yo me dedicaré a trabajar. No, no eres un vendedor. Eres abogado. No sé lo que es eso de ser abogado, ni creo que nunca llegue a entenderlo, pero sea lo que sea, lo que es seguro es que ser abogado pasa por saber de Derecho y aplicarlo. Un teórico del Derecho no tiene por qué saber aplicarlo, pero un abogado, que vive en el foro, que se desgañita ahí cada día, sí que debe saber Derecho y aplicarlo.
No te dejes deslumbrar por tu propia ilusión. Es lo más banal a lo que puedas aspirar. Olvídate del ponente de una sentencia, olvida cualquier llamamiento a la ilustración, mira al suelo, mira arriba y camina mirando a todas partes porque te quieren atropellar. ¿Quieres ser abogado de verdad? Piensa como tú, habla como tú y actúa como tú. Porque ser crítico con todo, aun con lo que más admiras, te permite tener un conocimiento real de lo que te rodea; es decir, un punto de vista propio y original. Esto no significa que relucirás en la noche como el uranio o que todos te besarán como el anular de oro. Posiblemente sea todo lo contrario: tus zapatos se llenen de barro, estarás solo, nadie te escuchará y no darán un duro por ti. Y, aun así, puedes estar a gusto contigo mismo. Lo de ser feliz, mejor lo dejamos para otro día.
El abogado como herramienta de defensa.
Si por algo me preocupan todas estas cuestiones, no es por el afán de discutir —no estoy discutiendo con nadie salvo conmigo mismo—, sino porque me interesa el futuro de esta profesión. No quiero un mundo mejor que yo no podré conocer ni vivir, y que desconozco cómo será ni quiero que sea de una determinada manera. Pero la profesión de la abogacía es una defensa esencial de los derechos de todos los ciudadanos. Somos personas acostumbradas a la duda, a la confusión, al orden imperante, a la incertidumbre, a la debilidad. Somos los que navegan los mares de la podredumbre humana y salimos vivos de ella cada día. Somos los que nos enfrentamos a eso, en nosotros y con los demás, con apenas una chaqueta planchada hace meses y somos los que empujamos con la lógica y la razón frente a la tiránica realidad. Somos personas adiestradas para dudar de los límites impuestos.
En tiempos de tiranía, son cualidades muy útiles para ti y para todos los demás. Y yo quiero que mis hijos, si desean trabajar de algo distinto, puedan contar con alguien que los defienda decentemente, aun cuando ellos no se lo estén pidiendo directamente. Bajo esa convicción es en la que trabajo. Porque no quiero que mañana se repita lo que vivo hoy. Porque quiero que las personas dispongan de una herramienta tan valiosa como es la defensa efectiva, real, buena -si no la mejor-. Porque, si llega, no quiero que se mantenga un falso orden ejecutado por tiranos disfrazados. No somos la revolución, no existe ninguna revolución: somos la representación de la libertad. Lo buen profesional que seas es lo que determinará el grado de libertad y derechos tuyos y de los que te rodean. Cuanto más dominas el Derecho, su lógica y razonamiento, mejor proteges los derechos tuyos y los de los demás. Si no... bueno, si no, todo será el descalabro cantante y sonante que vivimos: un tropiezo tras otro bajando las escaleras con la crisma partida y sin asidero alguno porque la música sigue sonando en tus oídos, pero ya no hay sillas en las que sentarte.
En tiempos de tiranía, son cualidades muy útiles para ti y para todos los demás. Y yo quiero que mis hijos, si desean trabajar de algo distinto, puedan contar con alguien que los defienda decentemente, aun cuando ellos no se lo estén pidiendo directamente. Bajo esa convicción es en la que trabajo. Porque no quiero que mañana se repita lo que vivo hoy. Porque quiero que las personas dispongan de una herramienta tan valiosa como es la defensa efectiva, real, buena -si no la mejor-. Porque, si llega, no quiero que se mantenga un falso orden ejecutado por tiranos disfrazados. No somos la revolución, no existe ninguna revolución: somos la representación de la libertad. Lo buen profesional que seas es lo que determinará el grado de libertad y derechos tuyos y de los que te rodean. Cuanto más dominas el Derecho, su lógica y razonamiento, mejor proteges los derechos tuyos y los de los demás. Si no... bueno, si no, todo será el descalabro cantante y sonante que vivimos: un tropiezo tras otro bajando las escaleras con la crisma partida y sin asidero alguno porque la música sigue sonando en tus oídos, pero ya no hay sillas en las que sentarte.
Este artículo es la versión original y completa del artículo publicado en la Revista de Buen Gobierno, Iuris & Lex y RSC de ElEconomista.com